Un gol antes del minuto, y otro en el descuento, le permitió al equipo de Damián Ayude volver al triunfo. Fue 2-0 frente a Estudiantes de Río Cuarto.

Para esto fue Luciano Vietto a San Lorenzo. Para tener su revancha, para volver a sentirse determinante, para demostrar que su jerarquía sigue intacta. Y vaya manera de empezar su historia en Boedo. En su debut como titular, Luciano Vietto necesitó apenas 25 segundos para escribir su primer capítulo grande: gol relámpago y sonrisa tempranera en el trabajoso pero valioso 2-0 ante Estudiantes de Río Cuarto.
El arranque fue un sacudón. Una escena que sintetiza lo que este equipo pretende ser. Alexis Cuello, incansable como siempre, fue a pelear una pelota imposible en el mediocampo. La ganó, claro. La jugada continuó con la proyección de Mathías De Ritis, que llegó por la banda y metió el pase justo. Vietto atacó el espacio con decisión, pisó el área y definió con categoría, de zurda, contra el palo. Precisión, lectura, jerarquía. Gol. Explosión. San Lorenzo arriba antes de que el partido siquiera terminara de acomodarse.
El Nuevo Gasómetro se dejó llevar por la euforia de ese comienzo soñado. No era para menos. No todos los días se ve un gol tan veloz, tan simbólico, tan cargado de expectativas. Vietto volvía a gritar, y Boedo empezaba a ilusionarse.
Pero el fútbol rara vez ofrece caminos lineales. Lejos de quebrarse, el conjunto cordobés mostró personalidad y discutió el trámite. San Lorenzo no logró adueñarse del juego con la claridad deseada y el partido se volvió más friccionado, más disputado, más incómodo. El equipo de Damián Ayude tuvo el mérito de sostener la ventaja, aunque sin lograr esa fluidez que todavía aparece de a ráfagas.
El complemento trajo tensión. Estudiantes de Río Cuarto adelantó líneas, modificó su esquema y empujó. San Lorenzo sufrió. Hubo momentos en los que el murmullo bajó desde las tribunas, síntoma inequívoco de que el equipo debía reaccionar. Y ahí apareció otro factor clave de la tarde: Orlando Gill. El arquero sostuvo al Ciclón en el momento más delicado con una intervención decisiva, de esas que valen casi como un gol.
Porque los partidos también se ganan así. Resistiendo. Aguantando. Entendiendo cuándo toca sufrir.
Y cuando el trámite pedía carácter, apareció nuevamente Alexis Cuello. El delantero peleó otra pelota como si fuera la última, combinó con Facundo Gulli y definió cruzado para sentenciar la historia. Gol de convicción, gol de insistencia, gol de equipo grande. Ahí sí, alivio total.
San Lorenzo no tuvo su tarde más brillante, pero sí mostró algo igual de necesario: eficacia y respuesta en los momentos determinantes. Vietto aportó jerarquía, Cuello volvió a ser el alma competitiva del equipo y Gill sostuvo cuando hizo falta. Tres pilares para construir un triunfo que, más allá del análisis fino, siempre suma.
Porque ganar también es parte del proceso. Y en Boedo, eso nunca es un detalle menor.
Nahuel Lanzillotta
Redacción Mundo Azulgrana